gurudevaaNací­ el 20 de Marzo de 1952, en Santiago de Chile. Mis padres me educaron en la religión católica y de pequeño le oraba a Cristo. Siempre tuve sorprendentes respuestas a mis oraciones, por lo que no podí­a entender como alguien podí­a ser ateo y no contar con un amigo tan maravilloso como Dios.

Recuerdo haber leí­do a los doce años una enciclopedia para niños donde decí­a que en India los yogis se encerraban en cavernas pero que en realidad, ellos decí­an, no estaban allí­ encerrados. La enciclopedia también decí­a que esos yogis creí­an en la reencarnación. Al principio me reí­ al leer de esa idea que me pareció absurda, pero luego pensé: “no, la India es un pueblo muy sabio, si ellos creen en eso, por algo debe ser…” No sé en verdad de donde me vino esta idea, este respeto natural por la herencia cultural de la India, sin duda alguna fue la marca de alguna vida pasada…

Pienso que debo estar muy agradecido en este nacimiento pues he tenido la maravillosa oportunidad de encontrarme con un devoto puro como Srila Prabhupad, esta gran fortuna de alguna manera fue anunciada, pues, según me contaron una vez mis padres, en el décimo piso del edificio en que esperaban mi venida, cantó un grillo por varios dí­as.

No voy a decir que he sido un santo, pero por alguna buena fortuna la preocupación de Dios estuvo muy a menudo presente en mi vida. Sin duda esto también lo debo a mis padres, ellos nos obligaban a ir a misa, aún estando enfermos, no habí­a pretexto que valiera para no cumplir con el oficio del domingo. Recuerdo que a veces detestaba hacerlo, y en otras iba de muy buena gana. Así­ de niño se me enseñó a orar y a confiar en Dios. Recuerdo una pequeña anécdota, estaba dudando en contarlo pues pensé que serí­a para mi propio engrandecimiento, pero después vi que no, que mas bien engrandece a quienes me educaron desde mi tierna infancia, y sirve para apreciar el valor de una temprana educación espiritual. La anécdota en si es muy sencilla: de niño estaba dando una prueba en el colegio, cuando de pronto el profesor se me acercó y retiró la hoja de mi prueba acusándome de estar copiando, como no lo estaba haciendo tuve una reacción de indignación al principio, pero en seguida pense, “no debo preocuparme, Dios sabe que no estaba copiando, eso es lo importante… el profesor puede equivocarse, pero no hay nada a temer…”

A los dieciseis años compré un pequeño manual de hatha-yoga, esa fue mi primera experiencia con lo que se volverí­a la ciencia mas profunda, interesante y atractiva en mi vida. Al poco tiempo me di cuenta que el yoga era mucho más que una simple gimnasia, me mostraba un conocimiento muy complejo y profundo. Pero la vida tiene muchas vueltas y uno traza casi solo su camino, la juventud nos lleva de un lugar a otro, en el intento de complacer a los padres y de satisfacerse a uno mismo.

El movimiento hippie estaba en boga en mi juventud. Los jóvenes se quejaban de pertenecer a una sociedad hueca, sin valores ni metas concretas. Se quejaban de la guerra y de la falta de amor, de la gran sed por el crecimiento mundano, criticaban el mal llamado progreso, la diplomacia y la hipocrecí­a. Yo concordaba con estas ideas pero nunca encontraba una verdadera filosofí­a de vida, una respuesta, una solución a estas crí­ticas. Hacer música en un parque, dejarse crecer el pelo, dar chipe libre a las drogas y al sexo, no eran por cierto la solución correcta.

Al contrario, pensaba yo, ellos, al volverse sexópatas y drogadictos, pasan a depender mas aún de esta sociedad de consumo. De hecho la solución era algo mucho más que las canciones de rock y que hacer la V con los deditos. Es un hecho que vamos mal, pensaba, ¿pero como corregirlo? ¿quien tiene la solución, la respuesta? ¿cual debe ser la verdadera revolución? Mientras estemos atraí­dos a los productos de consumo, seremos esclavos de una sociedad impersonal y explotadora, caminaremos hacia la muerte como ignorantes corderos … Leí­ sobre filosofí­a, en especial a los antiguos griegos, apreciando en especial a Diógenes el cí­nico y la escuela de los estoicos, la propuesta de indiferencia al mundo de estos filósofos atrajo mi atención.

Practiqué artes marciales. Mi profesor coreano me dijo un dí­a que no tení­a que preocuparme, “si un dí­a no tienes nada- me dijo- puedes vivir muchos dí­as solo bebiendo agua…” Me gustó mucho escuchar eso, que la vida podí­a ser muy simple, que no debí­a desesperarme por tener muchas cosas… Supe también que con solo arroz integral un hombre podí­a vivir tal vez toda su vida, eso también me alegró, vivir no podí­a ser tan complicado, los caballos y otros animales no necesitan de supermercados, esas cosas las entendí­a pero sentí­a que faltaba algo mas, yo sabí­a que era la falta de Dios… ¿Quién es Dios? ¿Como conocerlo? ¿Como servirlo? ¿Como estar en armoní­a con El?

Leí­ a Yogananda y me decidí­ a orar durante las noches, desde luego, no pude.. Leí­ a Vivekananda y quise ser un gran yogi en seis meses, desde luego, tampoco pude. Leí­ a Ramana Maharsi, me tendí­ en el suelo, me fingí­ muerto, traté de entender que no soy el cuerpo y solo brahman, espí­ritu, desde luego, no pude… Me inicié con un yogi mayavadi pero solo me enseñaba algo de hatha-yoga, junto con algunas señoras que solo querian adelgazar, solo se podí­a hablar con él cinco minutos, ni un segundo más… me sentí­a vací­o… Todo esto aconteció en Argentina… Una noche en Chile conversaba con un primo y me dijo: ¿Sabes que están haciendo los hippies en Londres?, no- le dije yo- Ellos se rapan la cabeza y cantan todo el dí­a el mantra Hare Krsna en una esquina… Yo pensé: “esos hippies viajan a India y deben tener alguna información. Cantar un mantra siempre es bueno y he leí­do que conduce a la perfección…”.

Recuerdo que esa noche subí­ una montaña de regreso a mi casa cantando a medias el mantra, de acuerdo a mi escasa memoria, un par de meses después encontrarí­a a los devotos en la Plaza Francia de Buenos Aires… Mis amigos ya me habí­an dicho de un par de monjes rapados que cantaban en Lavalle o Florida… Yo los iba a buscar pero nunca los encontraba. Me decí­an que se levantaban a las cuatro de la mañana y que se bañaban con agua frí­a, empecé también a hacerlo en mi casa, querí­a estar lo mas preparado posible para el encuentro con ellos.

Por fin los vi un sábado en esa plaza… Cantaron y bailaron e invitaron a todos a su fiesta de domingo… “Es en el 473 de Ecuador…” dijo Hanuman Swami invitandonos, también dijo: “En esta feria artesanal hay muchas cosas para embellecer el cuerpo, pero lo primero que debemos entender es que no somos estos cuerpos…” Lo encontré muy duro, mi mente se resistí­a, ahí­ estaba la verdad, lo sabí­a, lo sentí­a. Sentí­ una alegrí­a muy especial al escuchar los pequeños cí­mbalos de mano, ese simple instrumento, armonioso y alegre, llenaba mi pecho de gozo. Esto me sorprendió mucho, pero como digo, mi mente se resistí­a, reuhí­a la entrega, querí­a seguir en la llamada bíºsqueda como una prostituta sin fidelidad ni compromiso.

Por leer acerca de yoga habí­a desarrollado una fe en los Vedas, pero mi concepto de Dios era el imperante en aquella época, el impersonal, un Dios sin actividades ni forma, una pura luz. Los devotos me hablaban de Krsna, de un mundo espiritual, de un Dios personal. Pregunté porqué aceptaban a Krsna como Dios y me dijeron que esa era la declaración del Bhagavad Gita y los Vedas; “si es así­, lo creo” pensé. Ya era vegetariano, pero ahí­ por primer vez escuché el argumento mas convincente para serlo toda la vida, los devotos me dijeron: “porque Dios no quiere que comamos carne…” Esta respuesta me impactó sobremanera, me sentí­ muy malo y pensé “como yo, que me creo tan religioso e inteligente, nunca lo tomé por ese lado…” Los devotos me abrí­an los ojos, cada dí­a más, mi mente no podí­a abarcar tanto, mi orgullo de estudiante universitario estaba aplastado, y el canto del mantra con la japa me llenaba de alegrí­a, aunque mi mente escéptica no me dejaba de torturar con su indómita incredulidad.

bga1Con el mantra y el estilo de vida que esta filosofí­a enseñaba estaba tan feliz que a menudo pensaba: “Esta es la gran respuesta que estabamos esperando. Aquí­ está expertamente codificado, en una filosofí­a perfecta, la raiz de nuestro inconformismo. No estabamos equivocados en nuestra rebeldí­a, pero no sabí­amos darle un correcto conducto y salida… Prabhupad trajo la respuesta, va a quedar la crema, todos los jovenes van a tomar el mantra, se van a unir a estas filas, ¡no estabamos tan equivocados! la sociedad materialista debe ser rechazada… Pero lo que la historia muestra está a la vista, pocos son los que se interesaron por una vida superior y espiritual, y la mayorí­a cayó en las garras de ese consumismo que tanto criticaba. Desde ese entonces he tratado de ceñirme a ese temprano ideal. El ideal de poner lo eterno por encima de lo temporal, lo sustancial por encima de lo superficial, las relaciones sinceras y amorosas por encima de las diplomáticas e interesadas, he tratado de tomar lo real y dejar lo irreal. En esto, por supuesto, he sido ayudado en todo sentido por mi maestro espiritual.

Recuerdo con cuanto gozo leí­a sus conversaciones con cientí­ficos, religiosos, filósofos, polí­ticos, etc. Con cuanto sentido común, claridad y franqueza respondí­a los distintos argumentos, siempre mostrándose como un humilde siervo del Señor, siempre tomando sencillas citas del Bhagavad Gita, con una lógica demoledora. Nunca fue fanático, nunca condenó a nadie, a todos les explicaba como un padre amoroso la más profunda y divina verdad. En enero de 1973 me inicié en Buenos Aires. Era nuestro regocijo cantar los nombres de Dios en las calles con nuestro lider Hanuman. Muchas veces fuimos detenidos, no nos importaba, Prabhupad y la Verdad eran nuestra vida.

bga2El espí­ritu de nuestro Gurudev se extendí­a por el orbe del mundo, su deseo era una orden imposible de desobedecer. El nos decí­a: “si lo que has recibido de mi te ha servido de algo, entonces dáselo a los demás, solo de esa manera podrás pagar lo que me debes…”Un dí­a tomó mi mano y me puso el cordón sagrado, pronunció para mi cada sí­laba del santo gayatri, me mostró sus manos de loto y me enseñó a llevar la cuenta de cada mantra. El era muy sencillo, muy caballero, muy sabio… Cuando lo vi pensé: “íÉl es tan misericordioso, que quienes no lo podrán ver, lo verán en sus fotos y libros…” él era muy amplio, era el padre amoroso de sus discí­pulos…

En noviembre de 1977 mi divino padre espiritual dejó este mundo. A principios de ese año vinimos de Argentina a Chile unos cinco devotos a iniciar la difusión de la Conciencia de Krsna en esta tierra. Después de su partida vinieron varios años de confusión y caos. Mis hermanos mayores, quienes fueron designados como lí­deres, no tení­an la capacidad de reemplazar a ese sol que era nuestro Gurudeva. Estuve siete años tratando de servir en una institución que se mostraba cada dí­a mas politizada y diplomática, en una institución que se alejaba cada dí­a más de los principios de amor y confianza que nuestro guardián nos habí­a enseñado.

Muchas cosas pasaron, me casé en el año ochenta y en el ochenta y cuatro fui empujado a vivir donde mis suegros. Un dí­a pensé: “tantos años he servido a los devotos, ¿que devoto amigo tengo con el cual pueda servir el ideal de mi Gurudev?” Maharaj Paramadveti apareció como la única respuesta en mi mente, le escribí­ una carta donde le decí­a: “quiero predicar en Chile, pero quiero que usted me apoye, que me respalde, quiero hacerlo con usted…” Antes de recibir respuesta a mi carta fui enviado a Ecuador, donde, en Guayaquil, por arreglo de la Providencia, un devoto me prestó el libro Sri Guru y Su Gracia. Lo leí­amos todo el dí­a y lo comentabamos. En ese libro se publicaban algunas conversaciones de nuestros hermanos lí­deres con Srila Sriddhar Maharaj. Las respuestas de Guru Maharaj eran íºnicas, magní­ficas, resplandecientes… cada palabra suya era un luminoso meteoro surcando la noche caótica de siete años en la que habí­amos vivido… Lo más maravilloso era que Srila Prabhupad mismo habí­a señalado a este hermano espiritual suyo como un guí­a ideal para cuando el hubiese partido… De esta manera veí­amos la gloria de Prabhupad en la gloria de Srila Sriddhar Maharaj, y elogiábamos y amábamos a esos dos gigantes espirituales que vinieron a arrasar con la noche de Kali.

bga3Maharaj Paramadveti, en ese entonces Alanath Swami, supo de mi estadí­a en Ecuador y de inmediato me fué a visitar, viajó de Bogota a Quito para dar pronto socorro a su desventurado hermano y me invitó a su refugio en el yatra de Colombia. Ahi gocé de su santa asociación por cuatro meses, tras los cuales volví­ a Chile con mi familia, mi esposa y dos hijos, en aquel entonces de tres y un año. Recuerdo que llegué justo para mi cumpleaños, el 20 de Marzo de 1985, un nuevo ciclo comenzaba en mi vida, volví­a, como en el año 77, con el mensaje de Prabhupad y ahora reforzado por el de Sriddhar Maharaj y la grandí­sima muestra de amor que Maharaj Harijan y Paramadveti Maharaj y todos los devotos de Colombia me habí­an dado, algo que nunca antes habí­a vivido, y que claramente podí­a ver, era el mundo que Srila Prabhupad nos habí­a venido a dar.

Pensé que podrí­a hacerlo, pero ahora me doy cuenta de que es muy difí­cil, es imposible escribir mi biografí­a, ¿como puedo referir todo lo que he recibido? ¿Todo lo que debo? ¿Cuanto deberí­a yo hablar de mi Gurudeva, de Sriddhar Maharaj, de Pujapad Puri Maharaj, de Paramadveti Maharaj, de Harijan Maharaj? ¿Cuanto tendrí­a que hablar de ellos? pues mi vida sin ellos no es nada, no vale nada, mi vida tiene algún valor, y pidieron un relato de mi biografí­a, solo porque en mi buena fortuna fui tocado con la asociación de esas grandes almas. ¡Oh devotos! todos ustedes son mis guardianes, ustedes están sirviendo con tanto amor y entusiasmo. Yo me dirijo a las grandes almas antes mencionadas y a todos los devotos, porque todos ustedes son faros de fe, que nunca me han permitido desviarme. Perdonen por extenderme más de la cuenta.

¡Srila Prabhupad ki jay!
¡Srila Sriddhar Maharaj ki jay!
¡Goura bhakta vrinda ki jay!

Atulananda das.